Había una vez
Había una vez en un país lejano un hombre que tenía todo aquello que envidiamos: una hermosa mujer, una bata de seda, un par de sandalias acolchadas, el periódico de la mañana y un bello cachorro gran danés. Todos los días se levantaba y besaba a su esposa en la mejilla mientras ella aún dormía, se lavaba la boca poniendo especial cuidado en las primeras molares y las encías. Seleccionaba una camisa a rayas, que combinaba con una corbata lisa y un par de mocasines. Bajaba las escaleras, leía el periódico mientras preparaba café con sustituto de leche. Iba hasta su auto ultimo modelo y conducía con rumbo a su despacho en ese importante edificio del centro. Firmaba papeles, comía con socios , asistía a juntas y observaba el fluir de los coches desde su ventana. Esa tarde conducía de regreso a su casa, con su esposa perfecta, en su auto perfecto, cuando la luz roja de del alto lo detuvo. Sus frenos chirriaron un poco, tendría que cambiar las balatas. Frente a él un cúmulo de personas transitaron, todas mirando al frente, con sus reproductores musicales o teléfonos celulares en la mano. Pasaron algunos segundos y la luz cambió a verde. El auto no avanzó. El ruido del claxon de los autos detrás de él saturó rápidamente, pero el auto no avanzó. Sujetando fuertemente el volante con ambas manos,
___________ suspiró y pensó en voz alta “¿Por qué me siento tan miserable?”. El ruido del claxon, que era aún más intenso, devolvió su atención al semáforo. Después de todo eran casi las cinco. Iba a llegar tarde. Pisó ligeramente el acelerador y avanzó por la amplia avenida. Tendría que cambiar las balatas mañana.
Nota: favor de colocar el nombre de tu preferencia en la línea.
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